lunes, 5 de marzo de 2018

¿Realmente estoy ahí dentro?





Hoy por la tarde, al llegar del trabajo he mirado un poco al espejo y he dicho ¡que regalo, Caramba!   A punto de apartar la vista observé fugazmente algo de reojo, casi imperceptible, en lo profundo del iris.  He visto una prisión, mi prisión. Me sentí ajeno a ese cuerpo y a ese ojo que me veía fijamente, ¿estaba realmente yo dentro de ese cráneo recubierto por tejidos? ¿Todo lo que sabía y pensaba estaba perfectamente doblado y acomodado detrás de ese ojo movido por músculos que con detenimiento me miraba?     ¡Sí!, ¡mierda! Aquella era la celda a la que pertenecía, esa celda decorada con detalle, llena de sueños cual poster pegado en la pared frente a la ventana, celda en donde descansaba cada día sin querer entender que hacía ahí adentro, y siendo condenado a la peor pena jamás conocida, la muerte.
En ese momento todo cambió, comencé a dudar de todo, a cuestionar lo que era y lo que creía, a ver que no estaba en el mundo maravilloso en el que todos se esforzaban por pretender estar.    Estaba frente a la repugnante realidad de la existencia, obligado a ver cada día morir lentamente al atardecer sin poder hacer nada, despedirme de todos uno por uno hasta mi turno. Entonces no existir, jamás, no volver para navidad, no despertar después de una pesadilla o un sueño, no volver a tocar este rostro, ver este ojo, pensar en lo que fuese. Estaba aquí dentro, atrapado en un cuerpo, obligado a sucumbir ante el tiempo. 

Amargamente sonreí. No tenía que obedecer nada ahora ni siquiera a mi tristeza, era un condenado que no tenía ya que perder. Sabía que un día pasaría aquello, pero por ahora, aunque fuera por un momento, podía sonreír y decir frente al espejo: 

¡Qué regalo, Caramba!

No hay comentarios:

Publicar un comentario