Hace diez años comenzaba el año escolar de la generación 2009 - 2011 de la Escuela Nacional Preparatorio numero 3 Justo Sierra. Algunas ventanas, los gruesos pilares de concreto, la loseta gastada, la barda perimetral, las lamparas viejas, la jardinera central, el azulejo blanco del baño y sus espejos, los pizarrones sucios, el auditorio, la biblioteca y las rejas de hierro fueron los silenciosos testigos de nuestra existencia.
Mientras tanto la Tierra giró sobre su eje 3,650 veces, dio diez vueltas completas al Sol con las estaciones y la lluvia, el frio y las hojas caídas llegando puntuales en cada una. Todo pareciera estar tal cual, la misma tierra, el mismo viento, el mismo ruido, los mismos rayos de luz por la mañana y el mismo tibio atardecer, a excepción de nosotros. Dejamos de estar ahí, de ser nosotros aquella vez, aquella de las vacunas en el gimnasio, de la bienvenida en el auditorio, del propedéutico, de las clases con Luis Gustavo y Rabindranath, aquellos tiempos, en medio de protestas por las cámaras y los torniquetes, de la toma del plantel y la llegada de los porros ya no son nuestros y nunca volverán a serlo.
Perdimos el tiempo viviéndolo y se esfumó con cada clase, cada turno, cada nuevo día, cada verano, cada regreso a clases, cada ciclo escolar... momento a momento.
No esperábamos crecer, es decir, no así, no tal cual, nadie lo esperó ¿Cómo podríamos saber que pasaría justo de este modo?. Solo había una cosa que hacer: dejarse llevar por la inercia del existir, ser, con la sociedad y la cultura, junto a los demás, dentro de aquel histórico plantel, aislados y a salvo de un mundo voraz, permitiéndosenos vetas de libertad y del tan nombrado "amor".
Fue hace una década que el eco de nuestros pasos resonó en esos pasillos, que llenamos la explanada de risas, los salones de murmullos, y la escuela de vida. Era nuestra vida la que dejábamos impresa en las paredes de ese edificio, justo junto a la de cada generación. Una década después, obedeciendo a la ley de la entropía, todos estamos dispersos, cada uno interpretando el protagónico de su propia historia y siendo a la vez un ladrillo de una pared inmensa, un segundo del gran reloj de la humanidad y de la vida. Al mismo tiempo llevamos cada uno un pedazo de la prepa de Molina, un trozo del conocimiento de los profesores, la fortuna de haber conocido a aquellas personas, y el recuerdo de aquellos gloriosos días.
Hace diez años se escribió una historia que sigue vigente, y lo estará por siempre en los muros de esos salones, y en el recuerdo de cada participante.
Hoy con melancolía recuerdo aquellos días y sé que pese a todo, en aquel intervalo de existencia, entre el Cinemex de Molina y la calle Manuel Buenrostro fui feliz.
Mientras tanto la Tierra giró sobre su eje 3,650 veces, dio diez vueltas completas al Sol con las estaciones y la lluvia, el frio y las hojas caídas llegando puntuales en cada una. Todo pareciera estar tal cual, la misma tierra, el mismo viento, el mismo ruido, los mismos rayos de luz por la mañana y el mismo tibio atardecer, a excepción de nosotros. Dejamos de estar ahí, de ser nosotros aquella vez, aquella de las vacunas en el gimnasio, de la bienvenida en el auditorio, del propedéutico, de las clases con Luis Gustavo y Rabindranath, aquellos tiempos, en medio de protestas por las cámaras y los torniquetes, de la toma del plantel y la llegada de los porros ya no son nuestros y nunca volverán a serlo.
Perdimos el tiempo viviéndolo y se esfumó con cada clase, cada turno, cada nuevo día, cada verano, cada regreso a clases, cada ciclo escolar... momento a momento.
No esperábamos crecer, es decir, no así, no tal cual, nadie lo esperó ¿Cómo podríamos saber que pasaría justo de este modo?. Solo había una cosa que hacer: dejarse llevar por la inercia del existir, ser, con la sociedad y la cultura, junto a los demás, dentro de aquel histórico plantel, aislados y a salvo de un mundo voraz, permitiéndosenos vetas de libertad y del tan nombrado "amor".
Fue hace una década que el eco de nuestros pasos resonó en esos pasillos, que llenamos la explanada de risas, los salones de murmullos, y la escuela de vida. Era nuestra vida la que dejábamos impresa en las paredes de ese edificio, justo junto a la de cada generación. Una década después, obedeciendo a la ley de la entropía, todos estamos dispersos, cada uno interpretando el protagónico de su propia historia y siendo a la vez un ladrillo de una pared inmensa, un segundo del gran reloj de la humanidad y de la vida. Al mismo tiempo llevamos cada uno un pedazo de la prepa de Molina, un trozo del conocimiento de los profesores, la fortuna de haber conocido a aquellas personas, y el recuerdo de aquellos gloriosos días.
Hace diez años se escribió una historia que sigue vigente, y lo estará por siempre en los muros de esos salones, y en el recuerdo de cada participante.
Hoy con melancolía recuerdo aquellos días y sé que pese a todo, en aquel intervalo de existencia, entre el Cinemex de Molina y la calle Manuel Buenrostro fui feliz.

