Mi obsesión está más allá de lo común. Mi obsesión es por las personas pero no todas las personas, solo un tipo, las personas "locas" y a las que parece no importarles lo que a muchos importa de sobre manera. Esa obsesión es mi pasión más profunda.
Mi obsesión es superficial, sigue a la belleza simple como el pintor a los atardeceres, es superficial porque conoce lo intrínseco de la belleza, porque ha estado lejos de ella y de manera egoísta no quiere estar nunca más sin ella. Mi obsesión no entiende que ello sea efímero pero no es porque sea su elección ni su culpa sino porque proviene de lo más primitivo de mi ser.
Ella al igual que yo ha cambiado y se ha mejorado, ahora, después de nacer como un lobo hambriento en busca de la tibia sangre de alguna criatura, sabe gobernarse con todos los sentidos, de manera pues que ambos sabemos apreciar también aquello que no posee una belleza aparente, es decir, eso que se lleva bajo la piel, no como la edad o el carácter que son prácticamente visibles, es algo más profundo y más bello, algo que no es atractivo y que en ocasiones podría alejar a cualquiera como si tuviera colmillos o espinas.
Es esa belleza como la raíz de un árbol la que más me obsesiona, porque tan sólo ella, la persona que la posee, sabe, como el árbol, lo que hay detrás de ella, la historia que la hace fuerte, que la nutre y le da vida. Y nadie nunca entenderá lo que el árbol y ella tienen por dentro, aunque a ambos los cortaran, les sacaran el corazón y las viseras, husmearan por su cerebro o se vistieran con su piel jamás lo sabrían, porque tan solo esa persona que sabe de su belleza en contraste con todas la demás personas sabe que es única e irrepetible en esta existencia en la que tan sólo somos un segundo en el gran reloj de la vida. Y esas personas, las que me obsesionan tienen pasión por vivir, lo hacen con la misma pasión que un jaguar o una pantera cazan a su presa porque ellos saben que jamás volverá esa oportunidad y son uno con el universo, con su Dios, con el tiempo que tienen.
Mi obsesión es superficial, sigue a la belleza simple como el pintor a los atardeceres, es superficial porque conoce lo intrínseco de la belleza, porque ha estado lejos de ella y de manera egoísta no quiere estar nunca más sin ella. Mi obsesión no entiende que ello sea efímero pero no es porque sea su elección ni su culpa sino porque proviene de lo más primitivo de mi ser.
Ella al igual que yo ha cambiado y se ha mejorado, ahora, después de nacer como un lobo hambriento en busca de la tibia sangre de alguna criatura, sabe gobernarse con todos los sentidos, de manera pues que ambos sabemos apreciar también aquello que no posee una belleza aparente, es decir, eso que se lleva bajo la piel, no como la edad o el carácter que son prácticamente visibles, es algo más profundo y más bello, algo que no es atractivo y que en ocasiones podría alejar a cualquiera como si tuviera colmillos o espinas.
Es esa belleza como la raíz de un árbol la que más me obsesiona, porque tan sólo ella, la persona que la posee, sabe, como el árbol, lo que hay detrás de ella, la historia que la hace fuerte, que la nutre y le da vida. Y nadie nunca entenderá lo que el árbol y ella tienen por dentro, aunque a ambos los cortaran, les sacaran el corazón y las viseras, husmearan por su cerebro o se vistieran con su piel jamás lo sabrían, porque tan solo esa persona que sabe de su belleza en contraste con todas la demás personas sabe que es única e irrepetible en esta existencia en la que tan sólo somos un segundo en el gran reloj de la vida. Y esas personas, las que me obsesionan tienen pasión por vivir, lo hacen con la misma pasión que un jaguar o una pantera cazan a su presa porque ellos saben que jamás volverá esa oportunidad y son uno con el universo, con su Dios, con el tiempo que tienen.