miércoles, 2 de enero de 2019

Érase una vez un tiempo eterno

Érase una vez un tiempo eterno, que trataba de alguien joven, sustentado por el recuerdo de un ser humano. Pese a la ausencia de un parámetro de medición del tiempo, descubría la vida cada día en su memoria.

Todo era secuencias que flotaban en el vacío, esperando el momento de ser nuevamente reproducidas al recordar y existían sólo para ser el recurso de las horas de ocio, o de nostalgia, o incertidumbre, o cualquiera. Para después ser nuevamente el breve anhelo del tiempo que no vuelve y alimentar la sensación de pérdida, de vejez...

Eran aquellos días sin tiempo en los que habitaba,  todo parecía nuevo y excitante, plagado de equívocas decisiones, en los que existía, sólo y siempre que prevaleciera la memoria. Días de color y de aroma, de sensaciones, de sentimientos, en los que se desbordaba de vida. Recuerdos plagados de frescas mañanas, deslumbrantes cielos azules, atardeceres inolvidables y rostros que no envejecían.

Ese alguien, pese a la ausencia de interés en el presente, permanecía atado a las magnitudes físicas de este mundo, sus células continuaban su proceso de muerte, su corazón en su lento agotamiento, y su finitud su progresiva aparición.

Sin desenlace dramático o conclusión moraleja, el tiempo continuó andando. Los días grises del presente, monótonos y predecibles continuaron siéndolo, cada vez un poquito más, los gloriosos humores del recuerdo, a la par, precipitándose en la anchura del intermitente silencio, pintando a pinceladas gruesas, en su mente, los cielos azules del verano, el aroma de la sal y la arena, el terso relieve de la piel, la dispar percusión de las pisadas entre la gente. Todo aquello le daría más nutrición que el alimento, mas entretenimiento que la actualidad, más vida y más muerte.




miércoles, 10 de octubre de 2018

Generación 2009-2011 ENP 3

Hace diez años comenzaba el año escolar de la generación 2009 - 2011 de la Escuela Nacional Preparatorio numero 3 Justo Sierra. Algunas ventanas, los gruesos pilares de concreto, la loseta gastada, la barda perimetral, las lamparas viejas, la jardinera central, el azulejo blanco del baño y sus espejos, los pizarrones sucios, el auditorio, la biblioteca y las rejas de hierro fueron los silenciosos testigos de nuestra existencia.

Mientras tanto la Tierra giró sobre su eje 3,650 veces, dio diez vueltas completas al Sol con las estaciones y la lluvia, el frio y las hojas caídas llegando puntuales en cada una. Todo pareciera estar tal cual, la misma tierra, el mismo viento, el mismo ruido, los mismos rayos de luz por la mañana y el mismo tibio atardecer, a excepción de nosotros. Dejamos de estar ahí, de ser nosotros aquella vez, aquella de las vacunas en el gimnasio, de la bienvenida en el auditorio, del propedéutico, de las clases con Luis Gustavo y Rabindranath, aquellos tiempos, en medio de protestas por las cámaras y los torniquetes, de la toma del plantel y la llegada de los porros ya no son nuestros y nunca volverán a serlo.

Perdimos el tiempo viviéndolo y se esfumó con cada clase, cada turno, cada nuevo día, cada verano, cada regreso a clases, cada ciclo escolar... momento a momento.
No esperábamos crecer, es decir, no así, no tal cual, nadie lo esperó ¿Cómo podríamos saber que pasaría justo de este modo?. Solo había una cosa que hacer: dejarse llevar por la inercia del existir, ser, con la sociedad y la cultura, junto a los demás, dentro de aquel histórico plantel, aislados y a salvo de un mundo voraz, permitiéndosenos vetas de libertad y del tan nombrado "amor".

Fue hace una década que el eco de nuestros pasos resonó en esos pasillos, que llenamos la explanada de risas, los salones de murmullos, y la escuela de vida. Era nuestra vida la que dejábamos impresa en las paredes de ese edificio, justo junto a la de cada generación. Una década después, obedeciendo a la ley de la entropía, todos estamos dispersos, cada uno interpretando el protagónico de su propia historia y siendo a la vez un ladrillo de una pared inmensa, un segundo del gran reloj de la humanidad y de la vida. Al mismo tiempo llevamos cada uno un pedazo de la prepa de Molina, un trozo del conocimiento de los profesores, la fortuna de haber conocido a aquellas personas, y el recuerdo de aquellos gloriosos días.

Hace diez años se escribió una historia que sigue vigente, y lo estará por siempre en los muros de esos salones, y en el recuerdo de cada participante.

Hoy con melancolía recuerdo aquellos días y sé que pese a todo, en aquel intervalo de existencia, entre el Cinemex de Molina y la calle Manuel Buenrostro fui feliz.











sábado, 8 de septiembre de 2018

decir que un viaje tiene un principio y un final es fincarle a lo ilimitado un limite.
Llenar las cosas de adjetivos sin saber a bien si los merecen es perjuicio propio, pues se forjan uno a uno los pilares de la celda en la que se habita.
Cada prejuicio me aleja de la libertad, una andanada vil al tiempo en el que vivo, vivía pues, porque ya es pasado.
Y deseo entonces ser rebelde, ser hereje, ser traidor y mentiroso, no respetar al constructo, Arrugarlo, quemarlo, olvidarlo.
Pero sigo con mis ídolos de paja, puliendo los barrotes de mi jaula chapada en oro, comprando por comprar, trabajando por trabajar viviendo sin pensar. Como el constructo quiere, alimentándolo, creciéndolo.


Y una rola mamalona



lunes, 5 de marzo de 2018

¿Realmente estoy ahí dentro?





Hoy por la tarde, al llegar del trabajo he mirado un poco al espejo y he dicho ¡que regalo, Caramba!   A punto de apartar la vista observé fugazmente algo de reojo, casi imperceptible, en lo profundo del iris.  He visto una prisión, mi prisión. Me sentí ajeno a ese cuerpo y a ese ojo que me veía fijamente, ¿estaba realmente yo dentro de ese cráneo recubierto por tejidos? ¿Todo lo que sabía y pensaba estaba perfectamente doblado y acomodado detrás de ese ojo movido por músculos que con detenimiento me miraba?     ¡Sí!, ¡mierda! Aquella era la celda a la que pertenecía, esa celda decorada con detalle, llena de sueños cual poster pegado en la pared frente a la ventana, celda en donde descansaba cada día sin querer entender que hacía ahí adentro, y siendo condenado a la peor pena jamás conocida, la muerte.
En ese momento todo cambió, comencé a dudar de todo, a cuestionar lo que era y lo que creía, a ver que no estaba en el mundo maravilloso en el que todos se esforzaban por pretender estar.    Estaba frente a la repugnante realidad de la existencia, obligado a ver cada día morir lentamente al atardecer sin poder hacer nada, despedirme de todos uno por uno hasta mi turno. Entonces no existir, jamás, no volver para navidad, no despertar después de una pesadilla o un sueño, no volver a tocar este rostro, ver este ojo, pensar en lo que fuese. Estaba aquí dentro, atrapado en un cuerpo, obligado a sucumbir ante el tiempo. 

Amargamente sonreí. No tenía que obedecer nada ahora ni siquiera a mi tristeza, era un condenado que no tenía ya que perder. Sabía que un día pasaría aquello, pero por ahora, aunque fuera por un momento, podía sonreír y decir frente al espejo: 

¡Qué regalo, Caramba!

lunes, 25 de enero de 2016

Frente a la posibilidad de perderte para siempre.

De pie, trémulo, frente a la inexorable realidad de asesinar a sangre fría nuestra historia.
Cargo con el peso de la los años que serían nuestros de no ser por esta situación que nos embiste,
que nos deja vulnerables a la gente, al tiempo y a la suerte.
Esta zozobra maldita, que se mete por los huesos y derrumba sin piedad la firmeza de mis decisiones,
y yo aquí, frente a este paredón que tiene por ladrillos la incertidumbre y el miedo de no verte más entre mis brazos, de cruzar sin demora el tiempo de mi existencia, dándome cuenta, cerca del final,  que eras tú a quien debía amar, sin prejuicios, con la fuerza que trae consigo entender la fragilidad de la vida y el amor frente a tiempo y el destino.
Ahora ando sin rumbo fijo, abrazado a lo único que persevera al pasar miles de segundos, tu recuerdo, como un amuleto de la suerte, con el mismo valor que el ser humano da al papel de los billetes, haciendo de una situación un recurso, enfrentándote en mi memoria a cada idea, cada posible elección, soportando la locura de la abstinencia, la desesperación de no buscar y la nostalgia, resignándome a no ser más esclavo de tus pasiones y, a que tú vuelvas a estar en el juego del amor de dos, en otro futuro, que seas para alguien más lo más importante.
Ahora solo veo soltarse las ataduras que mantenían a flote la navegación de nuestra viaje juntos, desaparecer los muebles del hogar que albergaba el sueño de nuestro futuro, escucho como se alejan tus pasos por un corredor largo, hacia el no regreso, con el eco que retumba en la conciencia, con la suntuosa imagen de tu belleza, que envejece y toma un color sepia, pronunciando mil veces un adiós, para entenderlo y aceptarlo,, porque así es la vida