miércoles, 2 de enero de 2019

Érase una vez un tiempo eterno

Érase una vez un tiempo eterno, que trataba de alguien joven, sustentado por el recuerdo de un ser humano. Pese a la ausencia de un parámetro de medición del tiempo, descubría la vida cada día en su memoria.

Todo era secuencias que flotaban en el vacío, esperando el momento de ser nuevamente reproducidas al recordar y existían sólo para ser el recurso de las horas de ocio, o de nostalgia, o incertidumbre, o cualquiera. Para después ser nuevamente el breve anhelo del tiempo que no vuelve y alimentar la sensación de pérdida, de vejez...

Eran aquellos días sin tiempo en los que habitaba,  todo parecía nuevo y excitante, plagado de equívocas decisiones, en los que existía, sólo y siempre que prevaleciera la memoria. Días de color y de aroma, de sensaciones, de sentimientos, en los que se desbordaba de vida. Recuerdos plagados de frescas mañanas, deslumbrantes cielos azules, atardeceres inolvidables y rostros que no envejecían.

Ese alguien, pese a la ausencia de interés en el presente, permanecía atado a las magnitudes físicas de este mundo, sus células continuaban su proceso de muerte, su corazón en su lento agotamiento, y su finitud su progresiva aparición.

Sin desenlace dramático o conclusión moraleja, el tiempo continuó andando. Los días grises del presente, monótonos y predecibles continuaron siéndolo, cada vez un poquito más, los gloriosos humores del recuerdo, a la par, precipitándose en la anchura del intermitente silencio, pintando a pinceladas gruesas, en su mente, los cielos azules del verano, el aroma de la sal y la arena, el terso relieve de la piel, la dispar percusión de las pisadas entre la gente. Todo aquello le daría más nutrición que el alimento, mas entretenimiento que la actualidad, más vida y más muerte.